En el manejo de los caballos debemos tener cuidado de no permitir que el animal aprenda que puede obtener todo lo que desea mediante un comportamiento indeseable. En esta relación con el caballo, el jinete, como líder, debe imponer su autoridad con naturalidad y sabiduría.

Cada caballo es un ser individual, y se sabe que algunas razas son más precoces en su desarrollo físico y psíquico que otras.

La herencia, el adiestramiento, el temperamento, la conformación, los aires y el equilibrio natural son factores que influyen considerablemente en su desarrollo.

En cualquier raza, el caballo solo completa su formación biológica a los seis años. La Federación Ecuestre Internacional, entidad extremadamente cuidadosa con la salud de los caballos, recomienda esta edad para comenzar las competiciones que exigen desgaste físico.

El caballo posee una inteligencia modesta, pero una memoria extraordinaria, además de un gran sentido de imitación. Aprende rápidamente si las enseñanzas se aplican siempre de la misma manera y con la misma intensidad.

Un caballo considerado inteligente es aquel que tiene mayor sensibilidad y capacidad para almacenar más símbolos en su memoria y asociarlos con rapidez. Este poder de memorización le ayuda a comprender mejor las órdenes.

El caballo es extremadamente sensible tanto al buen trato como al maltrato; reacciona ante las caricias y recompensas, pero también ante los castigos, sobre todo cuando estos se aplican sin una razón clara.

Jinete concentrado, caballo concentrado. Es una cualidad que se puede lograr si el jinete sabe interpretar las más mínimas reacciones del caballo. Ese entendimiento ya es medio camino recorrido para que el caballo comprenda las ayudas del jinete.

No se debe cambiar bruscamente la rutina de un caballo, pasando de un trabajo exigente y regular al descanso en el campo. El cambio inverso también es perjudicial.

Su carácter casi siempre refleja el de la persona que lo maneja. Un caballo puede alcanzar un nivel de generosidad tal que obedece casi ciegamente las órdenes que se le dan. Incluso, en algunos casos, puede llegar a sacrificarse, agotando totalmente sus fuerzas cuando se le exige, en una clara demostración de obediencia al hombre por encima de sus instintos naturales de conservación.

No debemos olvidar que fue un guerrero: participó en innumerables batallas junto al hombre, sin intimidarse ante el ruido de los combates. Si su jinete caía abatido, el caballo no lo pisaba, mostrando un cuidado y una nobleza que solo él, con su bondad y valentía, es capaz de demostrar. Otra prueba de esta nobleza es que resulta muy raro ver a un caballo atacar al jinete que, por miedo o malestar, acaba de derribarlo.

Artículo escrito por Deolir Dall’Onder para la Revista Acontece Sul, año XII, Número 125.