Era el 18 de junio de 1815. En Waterloo, en la actual Bélgica, dos de los más grandes generales de la era napoleónica se enfrentaban en una batalla que decidiría el futuro de Europa. Napoleón Bonaparte, emperador de Francia, montaba un árabe gris de 15 años llamado Marengo. Frente a él, Arthur Wellesley, el Duque de Wellington, cabalgaba sobre un alazán llamado Copenhague. Los dos caballos habían visto más guerra que la mayoría de los hombres que los rodeaban — y ese día llevaron a sus jinetes a lo largo de las horas más largas y decisivas de sus vidas.
Al final, Copenhague volvió a casa con su dueño. Marengo fue capturado por el enemigo. Sus historias, tan distintas en casi todo, revelan cómo los caballos excepcionales se convierten en símbolos de las causas que llevan sobre el lomo.
Marengo: el árabe que sobrevivió a tres décadas de guerra
El nombre Marengo proviene de la batalla de Marengo, en 1800, donde Napoleón derrotó al ejército austríaco en el norte de Italia en una de las reversiones tácticas más dramáticas de su carrera. El caballo que llevaba ese nombre había llegado a las caballerizas imperiales como un árabe egipcio de capa gris clara — parte de un lote de animales importados durante la campaña de Egipto, en 1798 o 1799.
Los caballos árabes eran valorados por los ejércitos europeos por las mismas razones que los criadores de Oriente Medio los habían cultivado durante siglos: resistencia extraordinaria, capacidad para mantener el ritmo en largos desplazamientos con menos agua y alimento que otras razas, temperamento activo pero manejable. Marengo reunía todas esas cualidades — y más.
Por qué Napoleón prefería a Marengo sobre otros caballos
Napoleón era un jinete hábil pero no excepcional — él mismo lo reconocía. Lo que exigía de sus caballos era previsibilidad y resistencia, no necesariamente brillantez. Marengo ofrecía ambas cosas.
El emperador era conocido por montar caballos hasta el agotamiento, desmontando y volviendo a montar varias veces a lo largo de campañas prolongadas, cambiando de montura cuando era necesario. Pero Marengo fue el caballo con quien forjó una relación más larga y documentada — sobrevivió a las batallas de Austerlitz (1805), Jena (1806), Wagram (1809) y Waterloo (1815), además de innumerables escaramuzas menores.
Se dice que Marengo fue herido al menos ocho veces en el campo de batalla y sobrevivió a todas. La resistencia del animal se convirtió en parte de su leyenda — un árabe que llevó al hombre que casi dominó Europa por los campos de batalla más feroces de la historia moderna.
El destino de Marengo tras Waterloo
Cuando las fuerzas de Wellington rompieron la línea francesa al final de la tarde del 18 de junio y Napoleón huyó del campo de batalla, Marengo quedó atrás. El animal fue capturado por los británicos — un trofeo de guerra de considerable valor.
Llevado a Inglaterra, fue adquirido por un oficial británico llamado General Angerstein, quien lo conservó como curiosidad histórica. Marengo vivió en Inglaterra el resto de su vida y murió en 1831 con aproximadamente 38 años — una longevidad extraordinaria que atestiguaba la robustez de la raza árabe.
Los cascos de Marengo fueron conservados como reliquias. Dos de ellos se exhiben en el National Army Museum de Londres. Un tercero fue convertido en una tabaquera — una de las reliquias más macabras y fascinantes de la era napoleónica.
Copenhague: el adversario que duró más
Copenhague, el caballo de Wellington en Waterloo, tenía una historia de origen diferente. Era un Pura Sangre alazán de 15 años ese día, criado para las carreras de velocidad — su abuela materna era Copenhagen, ganadora del Epsom Derby de 1801, quien le dio el nombre. Un animal construido para la velocidad y la resistencia, con el pedigree de las mejores líneas de carreras británicas.
Wellington adquirió a Copenhague durante la campaña peninsular y desarrolló con él una relación de afecto genuino. El caballo era conocido por una cualidad poco frecuente en los animales de batalla: la capacidad de mantener energía y atención durante jornadas larguísimas sin mostrar señales de colapso.
Cuánto tiempo montó Wellington a Copenhague en Waterloo
En Waterloo, Wellington montó a Copenhague durante más de dieciséis horas — desde el amanecer hasta bien entrada la noche. Dieciséis horas en una batalla de intensidad extrema, recorriendo posiciones, galopando entre regimientos, permaneciendo en movimiento constante mientras la batalla se decidía a su alrededor.
Al final, cuando el duque finalmente desmontó, Copenhague lanzó una coz al aire — una señal que el propio Wellington interpretó como el animal expresando, por fin, lo que había soportado en silencio durante todo el día. Según testimonios de la época, el duque abrazó el cuello del caballo y lloró.
Copenhague vivió hasta los 28 años, retirado en la propiedad de Wellington en Stratfield Saye, en Hampshire. Cuando murió, en 1836, Wellington ordenó que fuera enterrado con honores militares. Una lápida en el jardín de la propiedad permanece hasta hoy.
Lo que la comparación entre ambos revela
Marengo y Copenhague eran animales de razas y orígenes completamente distintos — el árabe resistente de Oriente frente al Pura Sangre veloz de la tradición británica. Las filosofías militares de sus dueños también diferían: Napoleón era el genio táctico que apostaba por maniobras audaces y rapidez de decisión; Wellington era el maestro de la posición defensiva y la paciencia.
Curiosamente, la suerte de los dos caballos tras Waterloo refleja algo sobre la suerte de sus dueños. Napoleón fue enviado al exilio en Santa Elena, donde murió. Marengo fue llevado a Inglaterra como trofeo. Wellington regresó a casa con todo el poder, y Copenhague pasó sus últimos años en los cómodos pastos de su propiedad.
¿Se encontraron realmente los dos caballos en Waterloo?
No existe registro histórico de que Marengo y Copenhague estuvieran lo suficientemente cerca como para que sus jinetes se vieran directamente ese día. Wellington se mantuvo en las posiciones defensivas aliadas; Napoleón observó parte de la batalla desde posiciones más retrasadas. Pero ambos animales estaban presentes en ese campo de aproximadamente diez kilómetros cuadrados donde el destino de Europa se decidió en menos de doce horas.
La idea de los dos caballos como protagonistas silenciosos de Waterloo se convirtió en parte del imaginario de la batalla, capturada en pinturas, libros y debates históricos posteriores. Es un ángulo humanizador — o más bien, animal — para un enfrentamiento que la narrativa histórica convencional tiende a contar en términos de estrategia y cifras.
La persistencia de estas historias
Doscientos años después de Waterloo, los cascos de Marengo se exhiben en un museo de Londres y la tumba de Copenhague permanece en un jardín de Hampshire. Esta persistencia material — objetos físicos que conectan el presente con un momento de transformación histórica — forma parte de lo que hace tan fascinantes a estos caballos más allá de su propia historia.
No son simplemente animales que estuvieron presentes en un evento importante. Son testigos de la condición humana en su extremo: la guerra, el poder, la derrota, la supervivencia. Y sobrevivieron, de formas distintas, para contarlo.